domingo, 29 de enero de 2012

Desde hace un tiempo en adelante me he dado cuenta de que me enamoro cada cinco minutos. 
Me enamoro de todo: del frío de la calle y del calor de mi habitación, de la compañía de la gente y de la soledad un domingo por la tarde, del tumulto de un sábado bañado en cerveza y del silencio roto nada más que por el ruido de mis pisadas paseando por las calles más remotas de la ciudad. Del olor a café, de una foto, de una película, de un libro, del rock, del jazz, de una ducha hirviendo, de poder echar de menos sabiendo que a la vuelta me están esperando. De reír y de llorar. 


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